Marcela y Elisa: amar puede ser un acto revolucionario

2Por Celín Cebrian.

 Las pioneras del matrimonio gay en España fueron dos maestras que en 1901 burlaron las leyes divinas y humanas para normalizar su amor. Para lograrlo, una se disfrazó de hombre, hasta que el clero engrasó su maquinaria de represión y tuvieron que huir. A Coruña les rinde ahora homenaje con una calle, aunque aún debe hacerles un hueco en el mapa

Marcela y Elisa se querían al abrigo de la noche, pero decidieron poner a Dios por testigo de su pasión. Fueron las primeras mujeres que se casaron en España y las únicas que lo hicieron por la Iglesia. La boda religiosa se celebró un siglo antes de la aprobación del matrimonio homosexual y lo pagaron muy caro: sufrieron la ira del pueblo, la burla de la prensa y la persecución de las autoridades. Hoy, sin embargo, la comunidad gay las considera unas heroínas, los medios las presentan como unas pioneras y los políticos reivindican su causa.
El caso del Matrimonio sin hombre, como tituló entonces El Suceso Ilustrado, trascendió las fronteras coruñesas, gallegas y españolas. Las revistas de Madrid, por ejemplo, vendieron más ejemplares que al estallar la guerra de Cuba. “Su coraje sólo se explica por un amor que va más allá de la pulsión del deseo”.
¿Dos lesbianas casadas por la Iglesia?, se preguntarán unos. ¡Imposible!, sentenciarán otros. Sí y no. De hecho, tal vez lo hayan hecho más mujeres, aunque ellas han sido las únicas que fueron descubiertas una vez celebrado el enlace. “Si se hubieran ido a otro sitio, pasarían toda su vida como marido y mujer, pero tuvieron la osadía de volver al pueblo donde daban clase”, recuerda Narciso de Gabriel, decano de la Facultad de Ciencias de la Educación de A Coruña.

3Elisa se presentó como Mario en la rectoral de San Jorge: Vestía americana y pantalón de moda, cuello de punta doblada, corbata de nudo, y llevaba con desenvoltura y gracia todas las prendas propias de hombre. Dijo que era un sin papeles cuyo padre había muerto y que, de regreso a Galicia, se había instalado en la casa de su hermana.
Allí conoció a Marcela, con la que quería casarse. El embarazo de su novia era cada vez más evidente, por lo que estaba dispuesto a “cubrir su honor” mediante el sacramento. Mario, para realzar su hombría, fumaba como un carretero. El 8 de junio de 1901, la pareja se presentó ante el altar: “Ella vestía traje muy elegante, llevando con coquetería la mantilla, sujeta por un ramo de azahar. El traje de Mario era nuevo y muy bien hecho. Lucía una cadena de oro y sortijas. El peinado era algo achulapado”, podía leerse en el reportaje. Si bien Marcela ejercía como maestra en Dumbría, donde ambas vivían, su pareja daba clase en Calo, una parroquia del limítrofe municipio de Vimianzo. “Caminaba de noche, monte a través, por una tierra de lobos”.

Tras conocerse a mediados de la década de 1880 en la Escuela Normal Superior de Maestras, se enamoraron, por lo que la más joven fue enviada a Madrid para impedir que prosperase la relación. El alejamiento forzoso no supuso obstáculo alguno y cuatro meses después se reencontraron en la ciudad gallega, aunque el destino las llevaría a dar clase en localidades distantes entre sí. Calo estaba próxima a la carretera general que unía Fisterra y la capital provincial; Dumbría era un pueblo aislado en el mapa. Durante diez años, no tuvieron ningún problema, ya que no estaba mal visto que dos profesoras viviesen juntas. “A los maestros se les pagaba muy mal, por lo que se convirtió en una profesión de mujeres solteras”, explica Xosé María Lema.

1“El clero tenía una moral muy conservadora, sobre todo en lo tocante al sexto mandamiento, y cuidaba estrictamente la moral de los feligreses. Los sacerdotes recibían consignas del arzobispado, carlista, y usaban la confesión para denunciar a los liberales”, explica Lema. Cuando saltó la liebre, la Iglesia engrasó su maquinaria de represión. Mientras en A Coruña la obligaron a someterse a un examen médico, en Dumbría rodearon su casa con la intención de lincharla: “Tuvo que huir porque los mozos organizaron una cencerrada: querían reconocerla y hacerle pagar su osadía”, afirma Narciso de Gabriel. “¡Que salga el marimacho!”, gritaba la turba.

Si, además de una historia de amor entre dos mujeres, nos encontramos ante el caso más popular de una transgresión de los roles de género, se plantea un interrogante: ¿era Elisa lesbiana o transexual? No hay una respuesta fiable. “Las mujeres tuvieron que refugiarse en un modelo para poder sobrevivir y disfrazarse de hombre era la única manera de alcanzar el reconocimiento social que demandaban”.
Marcela se subió a la diligencia La Lealtad, que la llevó hasta A Coruña. Luego, ambas pusieron tierra de por medio y se trasladaron a Oporto, puesto que habían sido procesadas por falsificación de documento público y, en el caso de Mario, por uso de nombre supuesto. Vivieron como matrimonio hasta que fueron detenidas el 16 de agosto de 1901, aunque las autoridades tuvieron que liberarlas trece días después porque un movimiento solidario liderado por activistas portuguesas exigió su libertad. Como el Gobierno español había solicitado su extradición, Mario embarcó rumbo a Buenos Aires, adonde llegaría meses después su esposa con un bebé en brazos.

Trabajaron como criadas durante un año. Como el salario no daba para mantener a una familia, Elisa, que en Argentina se hacía llamar María, decidió emparentar con un danés que le llevaba veinticuatro años, con la esperanza de poder heredar. Pero como se negaba a consumar su matrimonio, despertó sospechas, que se duplicaron cuando Marcela y su hija se fueron a vivir con ellos a la hacienda donde residían. En Buenos Aires, se enteró de la verdadera identidad de María, que en realidad era Marcelo, y antes había sido Elisa. Entonces la denunció en el juzgado y pidió la anulación del matrimonio. De nuevo en la calle, a partir de aquí las figuras de las amantes coruñesas se traspapelan junto a su bebé, en los pliegues de la Historia.
Del exilio interior en un pueblo perdido de Galicia al destierro en la populosa metrópoli de Buenos Aires.
“Es increíble cómo el viento represivo no tumba ese amor de inmediato, sino al contrario, porque va más allá de la línea del horizonte”.

Antón Reixa se hizo con los derechos del libro para llevarlo al cine e Isabel Coixet comenzó a trabajar en el guión. La sociedad, la Iglesia y la Justicia castraron el porfiado intento de dos mujeres por ser felices.
En contraposición, es justo reconocer las voces que clamaron por su libertad en Oporto, donde se hicieron varias colectas para ayudarlas económicamente, o la actitud inflexible del fotógrafo que las inmortalizó tras la boda, José Sellier, quien se negó a vender a la prensa de Madrid una copia del retrato. Sólo hay dos imágenes más de Marcela y Elisa, rescatadas del Archivo Histórico del Ministerio de Negocios Extranjeros de Lisboa por Narciso de Gabriel, quien abre su impagable libro con una cita de Anaïs Nin: “La única anormalidad es la incapacidad de amar”. “Su amor -como dice Manuel Rivas- todavía hace temblar toda la hipocresía de la Historia Universal”.

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