Las hacenderas del agua en Torre Val de San Pedro

Por  Anna Almazán

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Como nieve, reposo en lo alto de la Sierra de Guadarrama esperando a que los rayos del sol me conviertan en agua para poder cumplir mi misión, alimentar la tierra y aliviar la sed de pastos y ganados, de hombres y aves, dar hogar y cobijo a peces… Noto el calorcillo ligero de los rayos que el astro rey me envía, con su masaje suave voy 
derritiéndome y bajando la ladera. Entre robles, pinos y fresnos he de encontrar mi camino, el que año tras año he ido horadando en la tierra para encontrar mi destino, Torre Val de San Pedro, un pequeño pueblo a los pies de la sierra de Guadarrama que me espera bajo el cuidado
solemne del cerro Piadaro.

Recuerdo que desde que nació este hermoso pueblecito, todos los años, un día del mes de junio, sus habitantes se reunían para despejarme el camino hacia sus calles y plazas, las hacenderas del agua, lo llaman.

DSC_0458Recuerdo que antaño todos participaban, niños, jóvenes y viejos, cada cual aportando su granito de arena, haciendo la labor que pudiera cada uno. Necesitaban hacerme llegar a sus pastos, a sus fuentes donde beber y refrescarse. Bajar a mis riveras de arroyo a lavar la ropa. Todos unidos en un esfuerzo común, conseguirán que la vida se perpetúe un verano más.

Así, todo el pueblo se convertía en un solo hombre que, con su esfuerzo, me permite convertirme en arroyo en lugar de desparramarme por las laderas sin cauce ni destino. Soy feliz deslizándome por mi rivera cuidada por tantas generaciones, solazándome en sus albercas, bailando en sus fuentes, refrescando su sudor y calmando su sed.

DSC_0370El tiempo pasa y la tecnología avanza tan deprisa… embalses, presas, turbinas y tuberías llevan el agua escondida bajo tierra a casi cualquier lugar pero siempre fue mi gusto, mi costumbre y mi deseo recorrer esos caminos pactados entre aguas, montes y hombres de Torre Val de San Pedro y bajar año tras año canturreando hasta su plaza. Desde que se atraparon las aguas cada vez he oído menos voces jóvenes, echo de menos su griterío y sus risas entre los pinos y los helechos. Sin embargo siguen viniendo a nuestra cita los mayores, ellos entienden la esencia de nuestro pacto y sienten mi ansia de correr y brincar y brillar al sol. Nos unimos la tierra, las aguas y los hombres, todos somos uno sólo y nos pertenecemos.

DSC_0315Mi camino este año es más difícil, derrumbes de rocas y ramas han bloqueado mi lecho. Temprano por la mañana los hombres se reúnen junto al ayuntamiento y se organizan en grupos con palas, azadas, zarceras y todas las herramientas de las que disponen para ir abriendo y despejando el sendero que ha de llevarme hasta el pueblo. Sendero de agua viva, pura y fresca.

Por primera vez se necesita la ayuda de una máquina excavadora para apartar el roquedal que se ha formado en uno de los tramos. Hasta ahora todo se había hecho a mano, como toda la vida.
DSC_0264 - copiaBotas de agua listas, suben la pendiente unos en coche, antes en mulas y burros, otros andando, fuertes, dispuestos y con un entusiasmo tal que debería ser envidia de la juventud. Con una sonrisa suben la ladera hacia los lugares más intrincados donde el agua no puede brotar con soltura.

De sus miembros desgastados por los años, de las arrugas de sus frentes brota la esencia pura de los torrentes y arroyos, de las aguas libres. De sus manos expertas dependen nuestros caminos, son guías que, por ese día unen su espíritu al nuestro. Entre todos somos agua que reparte vida.

DSC_0351Conociendo desde siempre mis hontanares suben hasta ellos y cortan zarzas, apartan rocas, las ramas, y los limpian de hojas y tierra, es un rito ancestral, desde ellos fluyo ligera corriente abajo. Son lugares altos, escondidos entre los pinares y los helechos en las redondeadas, hasta allí no queda más remedio que llegar andando.

Algunos, caminan lentos, apoyados en un bastón para poder llegar donde se les necesite. No importa si algún que otro achaque propio de la edad les dificulta la tarea, no pierden el ánimo ni la sonrisa porque el espíritu que nos une hace fuerte al débil y le da aliento. Las ramas crujen bajo sus pies, el olor de resina y pino impregna el aire, el día está claro y soleado, todo el monte se conjuga para facilitar la tarea de hoy.

DSC_0399Otros, más abajo ayudan a la excavadora cargando con sus propias palas las piedras y la tierra en la de la máquina, ésta, con un giro la retira a un lado. Metidos dentro del arroyo, entre el agua y el barro van retirando con palas piedra y arena abriendo camino hacia una pequeña presa. El trabajo es muy duro pero el entusiasmo no decrece en ningún momento.

Me entristece que los jóvenes no sientan esa conexión tan pura, tan primaria, la sensación de formar parte de un todo, la ancestral comunión entre los habitantes de Torre Val de San Pedro con su territorio, el cuidado y la sabiduría que obtuvieron de los abuelos de sus abuelos para la supervivencia y el desarrollo de todo el conjunto. Ellos desean transmitir este amor por su tierra cultivarlo y mantenerlo como ha sido hasta ahora para el bien de toda la comunidad.

Luego, con el cauce ya despejado, prepararán una buena comida para celebrar la llegada de la vida líquida hasta Torre Val y recuperar las fuerzas empleadas en esa mañana. Y mientras comen, comentar las pequeñas o grandes anécdotas de esa jornada. La sensación tan gratificante que se obtiene de la experiencia de las hacenderas, como ésta del agua, perdurará en el corazón de todos los participantes por muy, muy largo tiempo.

Mientras ellos celebran, yo paseo por sus calles tranquilas de muros de piedra canturreando con el limpio aire de la sierra cercana, gracias a vosotros, por fin he llegado a mi valle!

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