Galgos y galgueros, entre la pasión y la polémica.

Por Elena Aljarilla

En España hay 200.000 galgueros con licencia para caza menor con galgos. Esta práctica, instaurada desde hace siglos en nuestro país y con fuerte arraigo en la Sierra Norte, está denunciada como maltrato por los animalistas. Los galgueros, sin embargo, defienden su amor incondicional por estos bellos animales.

El galgo, del latín Gallĭcus canis, es una raza canina autóctona de España, un lebrel de raza pura, cuyas características se han logrado por selección a través de los siglos y no por cruce de otras razas. Por su anatomía y su físico, además de ser unos animales bellísimos son veloces corredores que pueden alcanzar hasta los 70 km por hora.

En España, se practica la cría del galgo para carreras y para caza desde hace siglos. Actualmente es una actividad legal y regulada que, sin embargo, no está exenta de problemas. Los galgos levantan pasión y polémica a partes iguales. Los galgueros se saben en el punto de mira de los animalistas, que piden la prohibición absoluta tanto de la caza como de las carreras por considerarlo una forma de maltrato, pero ellos se defienden.

Nadie quiere más a un galgo que un galguero”, nos dice un apasionado de estos animales en la Sierra Norte. Le acompañamos un sábado a primera hora de la mañana a pasear a dos de sus galgos y es imposible no quedarse impresionado por la belleza, la velocidad y el buen talante de estos animales. A ellos les dedica cada día más de 3 horas, sin excepción, y su manutención se lleva más de 200 euros al mes, unos 6.000 euros al año, entre comidas, cremas, vendas, veterinarios, etc… “A mí no me sale rentable. Con las carreras no se gana nada. Los premios son muy escasos, y es caro participar, pero ganas el prestigio de tener un perro campeón, con el que después puedes sacar bastante dinero con las montas”.

Es, sin duda, una afición cara que se pasa de generación en generación. “A mí la pasión me viene de mi tío. Con 5 años iba con él de la mano cazando, y desde que pude pagarlos siempre he tenido galgos”, nos cuenta. “Te quedas sin vacaciones, sin fines de semana, porque tienes que atenderles y salir a correr todos los días. Pero a mí es lo que más me gusta. Si me levanto una mañana y no están, me da un infarto, como si me hubieran quitado la vida”.

Lo dice porque, a pesar de la mala prensa que tienen los galgueros, su principal problema no son los animalistas, sino los robos. El robo de galgos se ha convertido en una auténtica pesadilla para sus dueños que denuncian inseguridad y desamparo por las leyes. Por eso no quieren que saquemos fotos de sus animales, ni que pongamos su nombre, para no ser reconocidos. “Quiero presentar a uno de mis galgos al campeonato y me da miedo que me lo roben. Cuando lo pienso, prefiero que mi perro no destaque mucho, para que no me lo quiten”. No es el único. Los galgueros tienen a sus perros en verdaderos “búnkeres” pero nada es imposible para estas mafias. Los galgos robados si son buenos corredores son vendidos para carreras ilegales, para cazadores furtivos o se envían al extranjero, los que no valen simplemente son abandonados o asesinados.

Abandono y Maltrato

Las asociaciones animalistas, y las ONG que recogen galgos denuncian cada año el abandono de 50.000 galgos, sobre todo al final de la temporada de caza que va desde primeros de octubre hasta el último domingo de enero. Aunque los galgueros reconocen que hay casos, rechazan las acusaciones. “Yo he tenido otros tres perros y cuando no han podido correr los he regalado a gente que sé que los va a cuidar bien y si no, se mueren en la cuadra de viejos”. De hecho, nos muestra en su corral a una galga mayor que sabe que acabará sus días con su dueño, y a la que no le faltan cuidados y mimos, aunque ya no compita ni críe.

Hablamos con un juez de carrera de un pueblo de Zamora y apunta los mismos argumentos: “Les tengo en un corral de más de 4.000 metros cuadrados, les hago analíticas, les doy vitaminas, masajes cada vez que corren, les cuido las uñas para que no se hagan daño… No creo que haya mucha gente que cuide a sus perros como los galgueros. Los que abandonan a sus animales no son galgueros”.

Como contrargumento para rebatir a las protectoras asegura que hay un libro de registros muy exhaustivo en el que todo está controlado para que los galgos que no estén registrados no puedan competir, ni sus hijos, ni sus nietos, y para que no puedan conseguir tampoco el pedigrí y poder rentabilizarlos con la cría. El problema, según los animalistas es que no se dan de alta en el registro la mayoría de los galgos, y sólo se registra a los que sirven para la competición, mientras que el resto corre peor suerte porque no existen para ningún registro.

La guerra de cifras entre galgueros y animalistas es brutal sin que haya forma posible de saber quién tiene la razón. Ni siquiera acudiendo a los datos del SEPRONA podemos saber la verdad, ya que ellos sólo cuentan sus actuaciones y las denuncias que a ellos les llegan, sin incluir los que son recogidos por comunidades autónomas, ayuntamientos, protectoras y asociaciones voluntarias. En concreto, según sus últimos datos, entre 2012 y 2016, un total de 66.242 perros sufrieron algún tipo de maltrato, de los cuales 27.724 eran perros de caza (galgos y otras razas), es decir, más del 40%, una cifra muy elevadas si se tiene en cuenta que el de la caza es un sector muy minoritario.

Aunque estos datos están muy lejos de los abandonos que denuncian las protectoras, el propio SEPRONA reconoce que sus propias cifras no reflejan la magnitud del problema que es bastante mayor, a pesar de que las sanciones por maltrato se han endurecido y pueden suponer multas entre 1.500 y 3.000 euros e incluso cárcel. “La caza es el principal problema”, explica Laura Duarte del partido animalista PACMA. “La cría de galgo y el descarte de los animales que no sirven, suponen su condena. Su vida útil como herramienta de caza es de 2 o 3 años, después se deshacen de ellos”.

Los animalistas también denuncian los “durísimos entrenamientos” a los que se somete a los galgos. “Les obligan a hacer un esfuerzo tremendo que no todos son capaces de soportar e incluso pueden llegar a morir”, asegura Duarte. En esto como en todo lo demás, no hay una opinión compartida. “Son perros que tienen que correr porque si no se vuelven locos. Es mentira que los pongamos a mucha velocidad. Normalmente vamos más o menos a 20 km/h, o menos porque se pueden hacer daño en las pezuñas”, nos explica el juez. “Tenías que ver a mis perros cuando me ven llegar y saben que van a entrenar, se meten en el coche dando saltos. Eso no lo hace un animal que sufre entrenando”.

La ley tampoco se pone de acuerdo en este aspecto ya que en la Comunidad de Madrid está prohibido entrenarlos con vehículos a motor, pero está permitido en Castilla La Mancha y Castilla León, entre otras, así que basta con cruzar la frontera para hacerlo.

Con todo, el mayor desacuerdo entre galgueros y animalistas está, según explica Laura Duarte, en el concepto mismo del maltrato. “Los animales no están paras servir a nuestras actividades de ocio. Los galgos hacen esfuerzos sobrehumanos, y aunque puedan resistirlo para nosotros es maltrato animal. Ellos nunca van a reconocer que maltratan a sus galgos, pero lo que hacen no es quererlos, es utilizarlos para su disfrute. El maltrato no es solo pegar y matar a un animal es mucho más, por eso seguiremos pidiendo la prohibición de la caza y las carreras de galgos…

La polémica está y seguirá estando servida…

 

Fotos Pilar Gast.

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