El Molar, un pueblo de leyenda

Por Rebeca Díaz.

A tan sólo 42 kilómetros de Madrid, la villa de El Molar o más conocida como la puerta de la Sierra Norte, tiene en su origen vestigios de un pasado celtíbero. Ya en su nombre se esconden diferentes historias. Unos relatan que puede deberse a su condición entre cerros, mientras que otros buscan sus raíces en un pasado árabe. Lo cierto es que el Molar abre sus puertas a todo aquel que quiera escuchar las grandes leyendas que esta villa atesora.

De parada obligada para todos aquellos que querían hacer un alto en el recorrido hacia Burgos, desde el siglo XVIII cuando se comienza a construir el “Camino Real de Francia”, el Molar ha presenciado el ir y venir constante de viajeros. El tránsito incesante de visitantes y las charlas interminables en sus antiguas postas, ya invitaba al intercambio de relatos. Desde aguas curativas, pasando por remolinos que originan lugares de peregrinación y cuevas gastronómicas, hasta llegar a pinos misteriosos.

Aguas medicinales
Entre pinares a las fueras del pueblo, se encuentra la Fuente del Toro, cuyas propiedades curativas para las afecciones de la piel y del aparato respiratorio son conocidas desde hace mucho por los vecinos de la comarca. Cuenta la leyenda que un toro enfermo acudía algunas noches a la fuente para refrescarse en sus aguas. Al poco tiempo sus ganaderos observaron como curiosamente el toro mejoraba de sus dolencias, descubriendo que las aguas del manantial curaban al animal. Motivo por el cual recibió el nombre de la Fuente del Toro.

Sus poderes medicinales, que datan del siglo XVIII, no se quedaron ahí, si no que a lo largo de la historia se han documentado la curación de diversos casos clínicos tal y como recoge el historiador Antonio Balduque Álvarez, como por ejemplo erupciones cutáneas o incluso alopecia. Tal fue la relevancia del manantial, que hasta la Reina Isabel II precisó de sus aguas para curarse de sus afecciones en la piel. De hecho, el agua de esta fuente, que brotaba entre las grietas de una piedra caliza a una temperatura constante de 17 grados, se llegó a comercializar embotellada con una curiosa etiqueta con una cabeza de toro.
Así, su popularidad y prestigio llevaron a construir en 1846 el Balneario del Molar. Narran los historiadores, que el edificio era imponente. Su jardín, estilo inglés y su fachada con arcos de medio punto y mampostería, hacían las delicias de aristócratas, literatos, políticos, financieros y gentes del pueblo llano. La temporada de los baños se anunciada en la conocida Gaceta de Madrid y abarcaba en el caso del Molar tres meses, del 15 de junio al 15 de septiembre. Así se mantuvo hasta la llegada de la Guerra Civil cuando el edificio albergó la Brigada Internacional. Años después, en 1940, el balneario cerraría sus puertas, perdiendo, de esta forma su principal atractivo turístico y enterrando la leyenda del agua curativa. A pesar de su cierre muchos molareños actualmente siguen defendiendo el poder curativo de sus aguas y no son pocas las historias de curación, que se pueden escuchar de los vecinos más longevos del pueblo. El

La cueva a precio de un SEAT
En mejor estado de conservación se encuentran las cuevas del Molar, conocidas como las Cuevas del Vino. Construidas en tiempos de los árabes, las cerca de 200 cuevas que se reparten en tres de los cuatro cerros del pueblo, son con orgullo una de las señas de identidad de la villa. A pesar de que casi la mitad se encuentran cegadas por la acumulación de residuos, las que quedan en pie a día de hoy, lo hacen gracias a la labor de vecinos como Antonio Valdeabero, más conocido como Antoñito el Matador. Eclipsado por su belleza enigmática, decidió allá a finales de los 60 comprar una cueva en venta. Recuerda con especial cariño como el coste de la misma ascendía al precio de un Seat 600 de la época, que rondaba entre las 75000 y 80000 pesetas (480 euros aproximadamente). “La utilizaba para zambras, comidas de negocios o ensayos con un grupo tanguero argentino. En la mayoría de los casos estas correrías también estaban protagonizadas por los viejos bodegueros”, recuerda el propietario del restaurante El Matador.
Gracias a la humedad que guardan sus paredes, la mayor parte de las cuevas son utilizadas para la conservación del vino. Así, la mejor zona del pueblo para plantar las viñas siempre fue la Ribera del Jarama. La tradición viticultora contó en su momento con un número importante de molareños dedicados a la elaboración del vino. Sin embargo “van desapareciendo las viñas y también los viticultores, para quedar los vestigios de un pasado que no volverá. A menos que no sea de la mano de inversores foráneos con sus viñedos y bodegas, pero nunca como un tejido creado y comercializado por la ciudadanía”, sostiene Antonio Valdeabero, quien recuerda como en su momento se perdió “la magnifica ocasión” de acceder al INDO (Instituto Nacional de Denominación de Origen). Para Valdeabero en las fértiles tierras del Jarama, “no se llegó a estimar adecuadamente el valor del legado histórico de los antepasados molareños. Aquellas bodegas más antiguas y originales debieron haberse conservado como oro en paño, merced a unos estatutos acordados entre Comunidad, Ayuntamiento y Patrimonio Nacional”. Es por ello que en la actualidad la mayor parte de ellas tienen un uso familiar o se han reconvertido en restaurantes referentes de la gastronomía de la Sierra Norte.
De esta forma las Cuevas del Vino ofrecen productos cosechados en el mismo valle del Jarama, sin olvidar por supuesto los deliciosos platos típicos del pueblo, como las morcillas, las butaqueñas (chorizo con judías) el cocido molareño a base de carne de oveja, muy consumida por sus habitantes, o como la borrega con sal y ajos.

Del remolino nació una virgen
Precisamente en las tierras próximas a los viñedos -menos castigados por las heladas- se encuentra la Ermita de la Virgen del Remolino, la cual toma su nombre de la forma en que se apareció. Relata otra leyenda que un soleado día, un grupo de pastores con sus ganados cerca del río, vieron como un gran remolino transformaba el cielo en oscuridad, cambiando el paisaje por completo. Al limpiarse los ojos descubrieron una talla de la Virgen a medio desenterrar. Algo que se interpretó como un milagro a los ojos de la fe, aunque los más escépticos, explican esta aparición como un acto para preservar la talla de la virgen de la invasión musulmana.
Si bien, de la talla original no queda ningún resto ni grabado, los molareños conservan una nueva imagen de la virgen en la ermita situada al sur del pueblo. A este lugar acuden cada año los vecinos para recoger a su patrona y llevarla después a los festejos patronales. Una jornada también conocida como la del pan y el queso, pues se entrega a los quintos del pueblo una tradicional limosna a base de estos alimentos para que tengan fuerzas para subir los ocho kilómetros cuesta arriba que separan la ermita del pueblo.
Otro monumento que todo visitante no puede perderse en su recorrido por El Molar, es la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Construida a finales del siglo XV y principios del XVI, se aprecian en ella partes tanto góticas como renacentistas. Resulta reparador sentarse en el banco de piedra exterior para admirar el techado de vigas de madera y contemplar el ir y venir tranquilo de sus gentes en la plaza del pueblo.

 

El árbol de todos los pájaros
Caminando en dirección norte, en una finca privada que llego a ser la parada obligada para las diligencias de las clases más pudientes, se ubica un viejo pino, protagonista de nuestra próxima historia. Este árbol, de unos 60 años, alberga cada atardecer cientos de pájaros (tordos en su mayoría) que acuden a él para hacer un alto en el camino o pasar la noche hasta el amanecer. El hecho no tendría mayor relevancia si no fuese porque, si bien el árbol se encuentra rodeado de otros pinos, los pájaros solo se posan ante este, ignorando las frondosas ramas de sus vecinos. Es un verdadero espectáculo de la naturaleza observar como bandadas de aves se aproximan al caer el sol, y sin titubear ni un segundo, se posan un día tras otro en el mismo pino.
Los vecinos llevan años contemplando este evento sin que nadie haya encontrado todavía una respuesta convincente. Serán las generaciones futuras, las encargadas de esclarecer, ya sea por medio de un cuento o con datos meramente científicos, el magnetismo que desprende este árbol. Por el momento, cualquiera que se acerque al lugar, puede presenciar la belleza de este natural misterio.
Son todos estos relatos los que desvelan que la Historia de esta villa continúa. Perderte por sus enrevesadas calles y charlar con sus habitantes, permite comprobar el orgullo que sienten al narrarlos. Con sus costumbres y tradiciones El Molar es un pueblo vivo que no olvida el esplendor de tiempos pasados, y acoge con ilusión las leyendas que aún quedan por contar.

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