Cervera pueblo de agua

Por Anna Almazán.

Cervera de Buitrago

Hace mucho tiempo, sin carreteras y apenas caminos, Cervera fue posible gracias a los arroyos y al río Lozoya que hoy sigue dándole vida.

Elisa nació y vivió toda su vida en Cervera, hasta que enfermó, y que sus nietas la llevaron con ellas al hospital, en Madrid. Elisa, con sus 93 años, sabía que le quedaba poco tiempo y sus últimos días los pasaría en su amado pueblo. “En Cervera nací y en Cervera moriré y ahí dormiré el sueño eterno junto a tu abuelo Antonio que hace tiempo que me espera” le dijo a su nieta Adriana mientras esta conducía. Pasaron El Berrueco y siguieron la carretera paralela al agua acumulada del Embalse de El Atazar. Llegando ya a la presa del Villar, Elisa hizo que su nieta parase el coche. En aquella presa trabajaron su amado Antonio y sus hermanos, allí dejaron su sudor a pico y pala, rompiendo piedra, a cambio de unas perras que sirvieron para arreglar la casa y mandar a los chicos a estudiar a Madrid.

Hombres trabajando en la construcción de la presa de El Villar

Hombres trabajando en la construcción de la presa de El Villar

Había llovido mucho ese año y la presa estaba abierta aliviando el agua que caía como cataratas desbocadas. “Cuánta agua…!” le dijo a su nieta. “Si lo hubieras visto antes, cuando yo era joven…” sus palabras se escondieron entre la espuma blanca que caía haciendo un ruido de truenos.
Iniciaron el camino de nuevo hacia Cervera. Elisa miraba por la ventanilla, allí estaba su hermano mayor, Santiago recogiendo jara para hacer carbonilla. Por allá aparecían Andrés y su padre con el esparabel o el trasmallo, camino de la boca del Riato a pescar truchas o a alguna de las muchas pozas de la zona. Al pasar el cruce de Robledillo vio a Antonio venir con la brincadora, la mula más tozuda de toda la zona. La traía cargada con bollos y galletas que hacía su madre en el horno que tenían en Robledillo. También llevaba algunas frutas que cambiaba en el pueblo por la miel de Cervera.

Trillando en la era

Trillando en la era

¡Qué distinto era todo para Elisa! A los ojos de su niñez asomaron los trigales cuando hombres y muchachos salían antes del amanecer a segar y pasaban en el campo hasta que se empezaba a poner el sol. Antes de volver a casa recogían todo el trigo recolectado, lo montaban en los carros y lo llevaban a las eras donde se trillaría para separar el grano de la paja. A Elisa le encantaba ir con su madre y su hermano Santiago a la era. La cina, que eran los haces en rama, se esparvaba en círculos grandes sobre el suelo, ataban el trillo a la mula y ella y su hermano se sentaban encima del trillo mientras la mula tiraba y tiraba, dirigida por su madre, pasando una y otra vez hasta que el trigo quedaba suelto. Luego con horcas lo aventaban y la paja volaba al aire. Elisa miraba cómo relucía igual que flecos dorados al sol, mientras que el trigo volvía a caer al suelo casi en el mismo sitio.

Al salir de la escuela

Al salir de la escuela

Se recogía por un lado el grano que se llevaba a los atrojes que era una habitación de la casa y por otro se recogía la paja que se acumulaba en el pajar para poder alimentar al ganado.
Otras veces cargaban las alforjas de las mulas con el grano de trigo y las llevaban directamente al molino de Leocadio Vicente y su mujer Francisca para hacer la harina. Pasaban junto a los berrocales y llegaban al molino que estaba rodeado de grandes praderas también llenas de algarrobos donde careaban los ganados de Cervera y el Berrueco.

Todo eso le iba contando a su nieta mientras bajaban por la calle de las pozas. Llegaron al club náutico. Elisa se paró. El azul cristalino que reverberaba a la luz del sol, y el agua mansa y quieta entre los barquitos se fue transformando a los ojos de Elisa, medio cegados por las cataratas, en las antiguas praderas llenas de los mejores algarrobos de la zona, en los viñedos que crecieron en otro tiempo y daban un buen vino hasta que se enfermaron todas de filoxera, los pastos verdes donde llevaban a las cabras y las ovejas…
-En mis tiempos esto era la Carrascosa, -le dijo a su nieta- una pradera enorme llena de algarrobos. Anda, vamos a la casa -dijo dándose la vuelta. Recordó sus días de escuela. En una sola clase se juntaban niños y niñas de todas las edades para aprender a leer con un único libro, la enciclopedia Álvarez, que se iban pasando de un niño a otro. La maestra se encargaba también de enseñar a las niñas a coser y bordar mientras los niños leían, cantaban la tabla de multiplicar o recitaban el padrenuestro.

Molino de Leocadio y Francisca, hoy bajo el agua

Molino de Leocadio y Francisca, hoy bajo el agua

Al salir, los chicos, como su hermano, ayudaban a los padres en las faenas del campo, a recoger jaras para hacer carbonilla, recoger la miel para llevarla a otros pueblos donde la cambiaban por frutas y verduras. También recolectaban las algarrobas y las llevaban a Manjirón para cambiarlas por centeno. Ella, en cambio, se acercaba con sus amigas a llevar las ovejas y las cabras a los tinaos de El Pizarro, el camino perfumaba sus ropas con romero, tomillo y madreselvas. Otras veces subía con su madre y su tía a lavar la ropa en las pilas de los pozos del Soto. Se acordó de Isabel que, como su marido estaba enfermo bajaba a lavar la suya en el Borrocoso por el temor de que fuera alguna enfermedad contagiosa.

¿Sabes? -dijo a su nieta- Al poco de hacernos novios, Antonio venía a verme algunas veces, que se escapaba en plena tarde azuzando a la mula y se llegaba hasta los tinaos de El Pizarro. Mis amigas se quedaban cuidando del ganado para que pudiera escaparme un rato con él y, juntos nos íbamos unas veces a la fuente Quejicosa donde brotaba un manantial que llevaba su agua hasta el pozo de la Aliseda. Otras veces, cuando era época, nos acercábamos a Valdelasviñas, cerca de las huertas y cargábamos las alforjas de la Brincadora con melocotones y ciruelas. Para nosotros era muy emocionante caminar escondiéndonos de los mozos que participaban en las cenderas arreglando los caminos o levantando los muros que separaban las tierras de las regueras.

Luminaria

Luminaria

Cuando teníamos más tiempo hacíamos excursiones con los chavales pequeños a la mina de la Lata o a la del Dragón donde los chicos corrían aventuras buscando agua o cazando pájaros. También los llevábamos a nadar a las pozas de los Chorros, donde había un moral enorme que daba unas moras dulces y carnosas.

Aquí los ríos y los arroyos siempre han dado vida al pueblo, ningún cerverato se ahogó nunca, todos sabían nadar desde bien pequeños. Se pescaba en muchos sitios, pero el que más recuerdo es el de las praderas de Conveniencias de Buitrago donde, además de truchas, había bogas, barbos, anguilas y hasta unos moluscos más grandes que un mejillón. En invierno, las aguas del pozo de Valdelaviña cobijaba a los peces que se escondían en los agujeros que hacían las ratas de agua, sabrosas y abundantes en aquella zona. A todos estos sitios íbamos mi Antonio y yo, claro, después de que le aceptaran mis padres y, sobre todo mi hermano Manuel que fue quien le presentó a los demás mozos del pueblo y Antonio tuvo que pagar “la costumbre”, porque los chicos le coreaban “o pagas la costumbre o vas al pilón” así que, muy gustoso, pagó, como correspondía, una arroba de vino que al final, disfrutaron entre todos.

Desde ese momento se convirtió en uno más, salía con ellos de ronda y, guitarra en mano, iban cantando a las mozas y me enramaba la ventana con madreselvas y siemprevivas amarillas. Pasaba más tiempo aquí que en su pueblo, porque él era de Robledillo, así que participaba en todas las fiestas como si fuera un Cerverato más, pidiendo el aguinaldo del Niño o el de las Animas o cantando los mayos y, por supuesto, despidiendo a los quintos. Y en Nochevieja, después de las uvas que nos juntábamos todo el pueblo para encender la luminaria.
Así vivíamos, hija, entre la escuela, el trabajo del campo y los juegos en la plaza, la catola, la calva, la rayuela y, claro, jugar al balón que estaba hecho de trapos enrollados y cubiertos con piel de vaca, porque no había dinero para comprar uno.
El día que nos casamos todo el pueblo estaba en la iglesia, olía a madreselva y romero, que mi madre y mi hermana Carmen habían puesto por toda la iglesia y en dos jarrones junto al altar siemprevivas amarillas que había llevado Antonio.
Cuando terminó la ceremonia al salir de la iglesia nos dimos nuestro primer beso delante de todo el mundo, que, desde luego no era el primero que nos dábamos, pero todos fueron a escondidillas en muchos sitios que ahora están escondidos bajo el agua del embalse.

escudoLa abuela Elisa guardó silencio otra vez. Adriana le insistió para que le contase más cosas, pero Elisa se sentía cansada y sólo le dijo “cuando se construyó el embalse, el molino, los campos de algarrobos, las viñas… todo quedó bajo el agua. Aquellos rincones donde celebramos nuestro amor tu abuelo y yo guardarán para siempre nuestros recuerdos secretos bajo la unión de los mantos cristalinos que siempre dieron vida a Cervera, un pueblo de agua.

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